A un año…
- José Iván Camacho

- 25 feb
- 4 Min. de lectura

El 25 de febrero de 2025, los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla decidieron tomar las instalaciones de la mencionada Unidad Académica tras una manifestación. Entre las principales demandas que motivaron a las batas a lanzarse a la huelga se encontraban los problemas con las plazas de práctica clínica, modificaciones el plan de estudios y el eterno problema del acoso. Bastaron 24 horas para que la Ciudad Universitaria se cerrara y unas 48 para que la Universidad se valiera de escaleras y colgara banderas rojinegras por completo. Hoy llegamos a los 365 días de que se diera esta movilización sin precedentes y, en mi parecer, el balance es más que negativo.
Voyme a dos demandas…
El comedor universitario se ha convertido en el campo de batalla. Por un lado, tenemos a los aplaudidores de Cedillo que se adjudican el proyecto, diciendo que ya estaba contemplado desde mucho antes del paro. Los paristas, por su parte, combatieron ferozmente en una sesión de Consejo Universitario sobre las deficiencias que tenía el proyecto que se les presentó pero que fueron pasadas por alto por la Comisión encargada (Aunque el propio director de la Facultad de Administración, a voz personal, también consideró que el proyecto no estaba bien elaborado). Parece que ahí se fue la mayor de las fuerzas de los dos bandos en pugna, mientras que otros temas quedaban como aquel meme del esqueleto en el fondo de la alberca.
La democracia universitaria: El tema da para mucho, porque el concepto da para varias acepciones (Olac Fuentes, por ahí de 1988, ya nos daba tres vías para estudiarla). La acepción que nos ocupa ahora se relaciona con la idea del co-gobierno universitario, ejercida por estudiantes y profesores a la par. La Autonomía Universitaria descansa, en parte, en esta idea (y es en el que me voy a centrar, que es “mi mero mole”). No me centro en mis diferencias al regresar al modo de elección directo. Lo que si, es que los representantes universitarios dieron vueltas y vueltas con otras propuestas, como lo era el voto en blanco como opción en las papeletas de las elecciones “porque la legislación mexicana no la tiene contemplada”. O, como se jactó Sergio Díaz Carranza, nosotros somos privilegiados “porque en nuestra universidad no hay una junta de notables que elige al rector” (Aunque si la tiene para “desempatar” una elección en favor del candidato “oficial”, que es el voto de los directores en el Consejo Universitario).
Imanol Ordorika, en aquella alocución del 27 de enero de 1987 qué rompe el diálogo qué mantenían el Consejo Estudiantil Universitario y la Comisión de Rectoría de la UNAM en el marco de la implementación del Plan Carpizo, decía que los funcionarios “siguen sin entender que la Universidad está viviendo una situación de excepción que abre el camino de la transformación y que requiere de mecanismos de excepción para la transformación”. Sé que es un error tomar palabras del pasado para ponerlas en el presente, pero creo que estas pueden caber en este momento. Y, al mismo tiempo, es jalón de orejas para los estudiantes que quisimos fundamentar los pliegos petitorio en la legislación universitaria (y encargarle a los de Derecho la redacción del Pliego General).
Me alejo del paro y voy hacia más para acá. La elección a rectora (porque no se iba a dar qué otra persona ganara) dio muestra del descontento estudiantil. Un profesor me preguntaba “¿Cómo crees que se vaya a poner la situación con la elección a Rector?” Mi respuesta fue: “Lo gana Cedillo, por lo legal o por lo criminal. Pero siento que la situación se va a poner color de hormiga entre los estudiantes.” El tiempo me dio la razón. Cedillo perdió todas las unidades académicas de la capital (menos la Facultad de Cultura Física y el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, que me da vergüenza) y un Complejo Regional, el de Tehuacán. Un rector no había perdido votos estudiantiles desde 2001, cuando Enrique Doger no obtuvo la preferencia estudiantil en Físico-Matemáticas ni el “Ponchito”. Incluso ponderando el voto a voto de los alumnos, recordando aquel titular post-plebiscito chileno de 1988 en el periódico “Fortín Mapocho”, Cedillo “corrió sola y quedó segunda”.
Y no me quedo en el propio acto eleccionario. Un conflicto se dio en la Facultad de Filosofía y Letras, relacionado con un consejero universitario que se encontraba afiliado al Partido Acción Nacional. La rectora, en su momento, se comprometió a escuchar a la comunidad tras una sesión de Consejo Universitario. A la semana, convenientemente ya nombrada candidata a la Rectoría, se negó a escuchar a los estudiantes diciendo que “eso podría interpretarse como un acto anticipado de campaña” (porque los conoce bastante bien desde 2021). A los pocos días, en la presentación de planes de trabajo, unos compañeros de la mencionada Facultad se manifiestan por la no comparecencia de Cedillo y recibieron agresiones por parte del equipo de campaña de la re-electa. Además, fueron atacados en los medios de comunicación (en especial el Diario Cambio).
Hoy, a 365 días, el campus de Tehuacán se encuentra tomado por estudiantes de la carrera de Estomatología que demandan material para la correcta práctica de lo aprendido en el pizarrón. Y se unen los estudiantes de las demás carreras recordando las tropelías cometidas por el director de aquel campus, Saúl Sánchez Alcántara. Y quiero agregar la amenaza de expulsión proferida por el propio Sánchez contra los que tomaron las instalaciones, junto a la presencia policial cercana al campus en la primer noche de paro. Creo que esto, incluso, significa un retroceso.
Posiblemente no sea la persona adecuada para hacer estas afirmaciones pero creo que hoy, a un año de iniciado ese paro, hemos retrocedió. Y espero que Cedillo haya aprendido, porque ese polvorín puede estallar pronto (y más grave, porque el Sindicato Independiente de Trabajadores de la BUAP tiene un conflicto interno que puede estallar también).




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